Y el Mal Viene

Henry Fuseli, Public domain, via Wikimedia Commons
Macbeth consultando la Visión de la cabeza armadaHenry Fuseli, Public domain, Wikimedia Commonseth_consulting_the_Vision_of_the_Armed_Head

La única manera de comprender espiritualmente los acontecimientos actuales a nivel mundial, y en particular el implacable ataque a los cristianos (y su consecuencia correlativa, el salvaje asalto al dogma de la esencia biológica humana como imagen de Dios) es ver estos acontecimientos como el proceder del Mal. Un Mal absoluto.

El Mal puede enfocarse como un arquetipo del comportamiento humano. Nos ha acompañado desde siempre, y gran parte del esfuerzo civilizador humano se ha empleado en ganarle terreno al Mal. Ahora, en su grado absoluto humanicida, su estructura y proceder quedan al descubierto mostrándonos su funcionamiento: una visión horripilante que sólo puede entenderse desde una perspectiva visionaria, de la que el Mal es una copia distorsionada y perversa.

Porque, en última instancia, incluso el creyente cree que Dios le dio al hombre la razón, y algo mejor que mentir y engañar

C. G. Jung

Independientemente de cualquier orientación política, social o personal de cualquier tipo, una nueva percepción sobre nuestra sociedad contemporánea inmediata parece ya perfectamente clara y establecida: hay un nuevo paradigma en funcionamiento que dicta las acciones de un gran número de personas, un nuevo gradiente de comportamiento como tal, caracterizado por la erosión de las identidades tradicionales y un poseedor de una buena cantidad de elementos destructivos. Este nuevo paradigma ha adoptado la visión de Nietzsche de que la destrucción, una destrucción más desmesurda y más allá de la moral, debe preceder a la remodelación y construcción de un nuevo mundo, un mundo de super-humanos de élite servido por una raza inferior de esclavos transhumanos genéticamente modificados. La destrucción y perversión de gran parte de las instituciones culturales humanas continúa sin descanso, y en la mayoría de las ocasiones sin llamar la atención del público. Todos los días, y a cada hora.

Danza de la Gente (fragmento 2) – Juscheld

En un momento en que una gran parte de la humanidad está comenzando a descartar el cristianismo, puede que valga la pena intentar comprender por qué fue aceptado en primer lugar. Fue aceptado como un medio de escape de la brutalidad y la inconsciencia del mundo antiguo. Tan pronto como lo descartamos, la vieja brutalidad vuelve con fuerza, como lo han dejado abrumadoramente claro los acontecimientos contemporáneos.

Carl Gustav Jung, Símbolos de transformación [341]

Las minorías, las facciones y las escisiones sociales de cualquier tipo parecen estar allanando el camino para un suicidio global que ve la imagen de lo que fue, como la imagen de lo que es . Pero eso ya no se aplica, y durante mucho tiempo no lo ha hecho. Es cierto que las minorías necesitan y deben exigir la protección de las sociedades tradicionales que las acogen, pero estas sociedades están lejos de ser los depredadores agobiados que eran. Son, en su mayoría, sociedades cimentadas en la cultura judeo-cristiana que cuelgan de un hilo en cuanto a su futuro e identidad. No les iba bien en cualquier caso, pero el remedio para eso no es el holocausto a escala global.

Macbeth de William Shakespeare , Proyecto de teatro federal, dominio público, a través de Wikimedia Commons

Aquellos que demandan la desaparición de esas sociedades y culturas, no ofrecen realmente una alternativa clara otra que la de hacerse eco de las consignas catastróficas de una nueva utopía. Nueva en palabras, pero en el fondo una obsesión maníaca muy antigua, un miedo que susurra en los oídos de los poderosos: el pueblo es tu enemigo, el futuro es tu muerte. El viejo edificio se estaba derrumbando, infestado como estaba con las termitas del orgullo asesino y una asumida superioridad arrogante. Ahora no habrá necesidad de un huracán para derribar toda la estructura. Y luego, una vez más, sólo Satanás y Cristo quedarán cara a cara para tentarse y desafiarse mutuamente mientras las multitudes, o lo que quede de ellas, su remanente, esperan en el valle de abajo la venida de uno u otro.

El libro de Apocalipsis no es una profecía, es una anatomía del Mal.

Juscheld

La idea de la renovación a través de la destrucción es antigua, sin duda. Se encuentra tanto en el pensamiento oriental como en el occidental bajo la apariencia de misticismo y religión, o investigación política y filosófica. Pero también es eso, la compulsión obsesiva de todo tirano, psicópata, o mente desviada y trastornada en cualquier ámbito social.

Esa visión de las cosas está aquí de nuevo, el ciclo ha renovado su curso: Orc (el Orco), como lo vio William Blake, ha llegado; y debido a su profunda división, característica, entre sus rasgos puramente animales y su contrastante y sobrecompensadora racionalidad genocida (a penas disfrazada de un un hábito científico) la posibilidad de reconciliación con un camino más equilibrado y menos destructivo hacia el futuro se empieza a convertir en la práctica en una imposibilidad. Pero estamos en una jungla al fin y al cabo, y debemos seguir abriéndonos paso por ella.

William Blake, dominio público, a través de Wikimedia Commons

Las cabezas y los cuernos del monstruo emergen del océano humano, chorreando sangre, estampando sus pies sobre los pueblos, las naciones, las lenguas, los gobernantes y los reyes. Sólo hay una categoría humana que puede comprender la profundidad y el alcance de esta experiencia: el Mal absoluto.

Retomando la cita inicial de Jung:
“En un momento en el que una gran parte de la humanidad está empezando a descartar el cristianismo, puede que valga la pena intentar comprender por qué fue aceptado en primer lugar. Fue aceptado como un medio de escape de la brutalidad y la inconsciencia del mundo antiguo. Tan pronto como lo descartamos, la vieja brutalidad vuelve con fuerza, como lo han dejado abrumadoramente claro los acontecimientos contemporáneos [refiriéndose a la Alemania Nazi y el holocausto]. Este no es un paso hacia adelante, sino un largo paso hacia atrás hacia el pasado. Lo mismo ocurre con las personas que dejan de lado una forma de adaptación y no tienen una nueva forma a la que recurrir: retroceden infaliblemente por el antiguo camino y luego se encuentran en una gran desventaja, porque el mundo que los rodea ha cambiado considerablemente mientras tanto. Por consiguiente, cualquiera que se sienta repelido por la debilidad filosófica del dogmatismo cristiano o por la idea estéril de un Jesús meramente histórico, porque sabemos muy poco acerca de su personalidad contradictoria y lo poco que sabemos sólo confunde nuestro juicio, y quien arroja el cristianismo por la borda y con él toda la base de la moral, se verá obligado a enfrentarse al antiguo problema de la brutalidad . Hemos tenido una amarga experiencia de lo que sucede cuando una nación entera encuentra que la máscara moral es demasiado estúpida para mantenerse al día. La bestia se suelta y un frenesí de desmoralización se extiende por el mundo civilizado “.
(Énfasis mío).

Danza de la Gente (fragmento 2) – Juscheld

‘Los pulgares me hormiguean, algo malvado se acerca’.

William Shakespeare, Macbeth , acto, escena

El “viejo problema de la brutalidad”, de hecho. Quién podría negarlo después de verlo, repetidamente, con nuestros propios ojos. El Mal absoluto es la negación absoluta, la negación de la propia esencia humana, y a eso es a lo que nos enfrentamos ahora mismo. Una vez más. El Mal absoluto no tiene sólo un nombre, sino una multitud de ellos. Es una estructura de comportamiento que se apodera de la vida social (e individual) humana y la encamina hacia la autodestrucción. El genocidio en ciernes, la reducción forzosa y planeada de la población humana, es un ejemplo de que esa estructura se ha apoderado de los centros de decisión en nuestra sociedad y ha decidido encaminarse hacia ese desenlcace fatal: no importa el optimismo utópico o futurista con que podamos concebir el otro lado de la catástrofe, destruir o pervertir a la humanidad refleja la falta de comprensión de su dinámica natural, y esto viciará cualquier intento de renovarla, o “reiniciarla” como tal. Hemos experimentado genocidio y holocausto antes, pero sólo ahora poseemos finalmente los medios para rematar por completo esa faena. Muchas cosas pueden salir mal y saldrán mal.

“Nos gusta imaginar que nuestros rasgos primitivos hace mucho que desaparecieron sin dejar rastro. En esto estamos cruelmente decepcionados, porque nunca antes nuestra civilización había estado tan inundada por el mal. Este espantoso espectáculo nos ayuda a comprender a qué se enfrentaba el cristianismo y qué se esforzaba por transformar “.

C. G. Jung, Símbolos de transformación

Toda conducta humana esta estructurada, el transhumanismo y el genocidio (que van de la mano) no viven sólo en los libros, o reuniones de clubes y seminarios: se apoya en un aparato ideológico que a su vez se sustenta en una imaginería (como conjunto estructurado de visiones parciales) particular, su entorno simbólico. De aquí es, en última instancia, de donde proviene su verdadera esencia y empuje, aún cuando el ropaje ya sea caduco. La nube simbólica que envuelve el genocidio transhumanista, como una nube fétida que lo sigue y lo anuncia, tiene un antiguo bagaje cultural que lo sustenta. Lo encontramos en la mitología, y específicamente en la religión cristiana, que es su archienemigo, su rival por naturaleza y su opuesto.

William Blake, dominio público, a través de Wikimedia Commons

La religión cristiana, en cuanto un conjunto de escritos, símbolos, y rituales, proporciona el marco simbólico que nos permite entender el Mal absoluto como la perversión o corrupción de la voluntad humana, o incluso algo así como una subespecie de esa voluntad humana. De esta manera, el Mal absoluto puede identificarse como un actor del drama cósmico, un drama que revela el objetivo final del Mal y los pone en jaque. Reconocer al Mal es reconocer al adversario de la humanidad. El mal absoluto a menudo tiene la ventaja, hasta el punto en que se asemeja más a un ciclo humano recurrente que a algún tipo de “accidente” histórico. Su destino, el del Mal, está ligado a la red simbólica de la que inevitablemente forma parte, una red que incluye al “bueno”, al “pobre”, al “pueblo” como referente necesario. El Mal, tal y como hoy se nos presenta, es inevitablemente una realidad cristiana. Quizás una consecuencia inevitable de la misma.

Danza de la Gente (fragmento 3) – Juscheld

El profeta que tuviere un sueño, cuente el sueño; y aquel a quien fuere mi palabra, cuente mi palabra verdadera. ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? dice El Señor.

Jeremías 23.: 28

No hace falta decir que el cristianismo es sólo una religión entre otras que asimismo se ocupan del problema o la realidad del mal. (Y esto constituiría un estudio comparativo realmente esclarecedor). La novedad de la visión cristiana es su aborrecer militante del mal, su aspiración a deslindarse completamente del mismo, especialmente en su forma de mal absoluto, que es lo que Juan de Patmos experimentó y puso por escrito. Los cristianos, por malvados que puedan resultar en acción u omisión, y muy posiblemente a causa de esto, han declarado la guerra al Mal. Y así el Mal contraataca con toda la crueldad y el refinamiento salidos de su aismo de perversión: hemos entrenado al Mal para que se convierta en el Mal absoluto.

Cuanto más se reprime, sofoca, censura, o persigue este referente de “los buenos”, “los pobres”, “el pueblo”, tanto más se convierte en la única opción, y tiende a identificarse con la libertad absoluta, y sus perseguidores con monstruos sádicos y obscenos. Libertad absoluta tanto para sus víctimas como para esos mismos perseguidores. Que lo entenderán tarde o temprano, ya que forman parte (posiblemente sin saberlo) de un drama cósmico que, sin quizás algo de ironía, les ha asignado un papel en el destino humano y la lucha contra el Mal. Quizás ese sea al fin y al cabo el destino del Cristianismo, incluso si ello conlleva su gradual desaparición: vencer y derrocar al Mal absoluto.

El Señor es Espíritu, y dondequiera que esté el Espíritu del Señor, está la Libertad.

San Jerónimo

En Símbolos de transformación leemos [336]:
“La verdad simbólica se expone indefensa a los ataques del pensamiento científico, que nunca podrá hacerle justicia a un tema así, y frente a esta competencia no ha podido mantenerse firme. La verdad [como contraste a la verdad simbólica], sin embargo, aún está por probarse. Los llamamientos exclusivos a la fe son una petitio principii desesperada, porque es la manifiesta improbabilidad de la verdad simbólica lo que impide que la gente crea en ella. En lugar de insistir con tanta ligereza en la necesidad de la fe, los teólogos, me parece, deberían ver qué se puede hacer para hacer posible esta fe. Pero eso significa colocar la verdad simbólica sobre un nuevo fundamento, un fundamento que apela no sólo al sentimiento, sino también a la razón. Y esto sólo se puede lograr reflejando cómo surgió en primer lugar que la humanidad necesitaba la improbabilidad de las declaraciones religiosas, y qué significa cuando una realidad espiritual totalmente diferente se superpone a la actualidad sensible y tangible de este mundo “.
(Mi énfasis en todo el texto).

El genocidio transhumanista, es más de lo mismo: un apelar a la ciencia para justificar el sufrimiento y el asesinato, una perversión de la ciencia con fines pervertidos. La promesa de mejorar la humanidad es una aberración. La educación de nuestros hijos, y ciertamente no su adoctrinamiento, puede hacer por la humanidad infinitamente más que cualquier conjunto de mutaciones en nuestro genoma. Una espiritualidad vivida y experimentada, una apertura a la puerta de la percepción, es lo verdaderamente revolucionario de la humanidad. En todo caso, parece que este ataque renovado muy cuidadosamente planeado contra la humanidad ha empujado el eco débil y decadente de las demandas de la fe ciega al borde del precipicio, donde debe aprender a volar y abrazar la verdad infinita de las nupcias entre Cielo e Infierno: la asimilación y exaltación del don de la razón, la ciencia, y el intelecto secuestrado por los demonios que ahora gobiernan el mundo. Un mundo que es tanto Dios como su creación, y que él le cedió a su favorito e intrigante ángel caído, Satanás, el negador. Dios liberó la libertad humana de la muerte, y su Espíritu del miedo, sabiendo que sólo la libertad y el Espíritu pueden vencer tanto a la muerte como al miedo. Como Jonás, esa luz estallará a través del vientre de la oscuridad que envuelve este mundo una vez más.

Juan de Patmos es el Virgilio de la Biblia cristiana.

Jushceld
Hieronymus Bosch, dominio público, a través de Wikimedia Commons

Los humanos tenemos un largo historial de atrocidades. Leemos de ellas a menudo en los medios y sabemos que son perfectamente evitables. Disimulamos el asesinato y el genocidio, sus motivaciones, en aras del “bien común”, pero lo cierto es que en el fondo todo ello es sencillamente la parte que nos toca de la maldad, del Mal absoluto que es quien mueve los hilos y del que somos partícipes la mayoría de las veces por voulntad propia: compartimos el Mal, y sólo reconociendo esta verdad simple pero descaradamente obvia, podemos tener la esperanza de hacer algo al respecto.

Jung dice [342]:
“Nos gusta imaginar que nuestros rasgos primitivos hace mucho que desaparecieron sin dejar rastro. En esto estamos cruelmente decepcionados, porque nunca antes nuestra civilización había estado tan inundada por el mal. Este espantoso espectáculo nos ayuda a comprender a qué se enfrentaba el cristianismo y qué se esforzaba por transformar. El proceso de transformación tuvo lugar en su mayor parte de manera inconsciente, al menos en los siglos posteriores. Cuando señalé antes (párrafo 106) que una transformación inconsciente de la libido no tenía valor ético, y la comparé con el cristianismo del período romano temprano, como un ejemplo patente de la inmoralidad y brutalización contra las cuales los cristianos tenían que luchar, debería haber añadido que la mera fe tampoco puede contarse como un ideal ético, porque también es una transformación inconsciente de la libido. La fe es un carisma para quienes la poseen, pero no lo es para quienes necesitan comprender antes de poder creer. Se trata de una cuestión de temperamento y no puede descartarse como sin valor. Porque, en última instancia, incluso el creyente cree que Dios le dio al hombre la razón, y algo mejor que mentir y engañar. Aunque naturalmente creemos  en los símbolos en primer lugar, también podemos  entenderlos, y esta es de hecho la única forma viable para aquellos a quienes no se les ha otorgado el carisma de la fe ”.

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La mujer y el dragón, Apocalipsis 12: 1-4
de Internet Archive Book Images, a través de Wikimedia Commons
(a través de https://eewc.com/structure-and-symbol-in-revelation/)

Sí, y esos rasgos primitivos están intrincadamente entrelezados en un edificio de imágenes y rasgos de comportamientos adquiridos que suministran sus imágenes simbólicas. El llamado “satanismo” de hoy, con toda su parafernalia de insignias, batas, luciferismos, y sus aberraciones asesinas, es sólo vino nuevo en odres viejos: el mundo humano necesita cambio y renovación, y eso lo hemos sentido todos durante mucho tiempo. Es sólo nuestra incapacidad la que ha delegado el cambio y la renovación y lo ha puesto en manos de desgraciados y “filántropos” sin imaginación (pero verdaderamente maliciosos). Su aislamiento, ya que eso es lo que los aflige, tiene como último recurso un ansia de poder como sobrecompensación que se reviste con los jirones y harapos de imágenes vacías y significantes arcaicos. Es todo tan obsoleto como podría serlo la fe vacía sin espiritualidad.

Trabajar con el Libro del Apocalipsis me ha dado, sin proponérmelo, cierta perspectiva en los asuntos del mundo de hoy en cuanto a la lucha por el alma y la esencia del hombre. (Sabes que el mal está compitiendo por tu alma cuando la mentira se vuelve flagrante y obvia, y abrumadoramente brutal. Sabes que está compitiendo por tu esencia cuando la violación, la tortura, y el asesinato se exhiben en cada sonrisa retorcida y desprecio demoníaco).

El libro de Juan de Patmos es un código válido para descifrar los acontecimientos globales de hoy. Es parte del dogma por más de una razón, pero en última instancia describe con macabra exquisitez la estructura del Mal. Incluso con un enfoque escéptico, muy pronto el lector comienza a caer en la cuenta de que gran parte del contenido y personajes del libro describen con preocupante precisión eventos y personas que plagan o amenazan nuestra existencia. Esto no es nuevo, al contrario, es lo que muchas generaciones después de Juan de Patmos han visto en el libro, mientras lo experimentan en su propio tiempo.

El libro de Apocalipsis no es una profecía, es una anatomía del Mal.

Es posible que muchos ya hayan identificado:

  1. Marca (ahora inyectable) de la Bestia de Apocalipsis 13, sin la cual no puedes comprar ni vender
  2. Sus efectos secundarios con la advertencia de Apocalipsis 14. 9-10
  3. La(s) pandemia(s) con las plagas de Apocalipsis 9, junto con esos monstruosos ejércitos de escorpiones montados, serpientes, que en realidad son esfinges y quimeras.
  4. El “Gran Restablecimiento [Great Reset]” como una parodia demoníaca de Apocalipsis 21-22, donde aprendemos sobre la Jerusalén celestial y el descarte del viejo sol y la luna (los dos ojos en el cielo)
  5. “Big-Tech” como los cuatro jinetes del Apocalipsis: Google, YouTube, Facebook, y Twitter generalmente (mente, ojos, tacto y lengua en su forma demoníaca)
  6. Los grandes cárteles financieros y los filántropos especuladores con la Sinagoga de Satanás en Apocalipsis 2 y 3
  7. El “pantano” (dondequiera que estén o viajen) con la prostitución de Babilonia en Apocalipsis 18 (y el dinero o el tráfico humano como la copa inmunda de sus abominaciones)
  8. La turba destructiva con los adoradores inquietos de la Bestia en Apocalipsis 14.11
  9. Los “reptilianos” con el dragón que arrebata a los niños
  10. El llamado Nuevo Orden Mundial con el reinado de la Bestia en varias partes del libro
  11. La matanza de inocentes con los gritos de Apocalipsis 7, Apocalipsis 14 y otros, el martirio de los dos testigos de Apocalipsis 11 con la persecución de valientes denunciantes, senadores, congresistas y hombres de bien.
  12. Quizás también los 42 meses de Apocalipsis 13. Cuando sea que comenzara la cuenta atrás.

Y para el lector asiduo quizás algunos más. Hasta aquí. Todo suena cierto en todas las épocas de la historia humana. Al igual que Homero, Virgilio, Shakespeare, Goethe o Cervantes, los arquetipos del ser humano, el andamiaje de la humanidad, la imagen divina del hombre de cada raza, sexo o lengua, son universales y con frecuencia son los artistas los que la comprenden y ven mejor. Porque son videntes, como lo fue Juan de Patmos.

Juan de Patmos es también el Cadmo de la Biblia cristiana, sembrando visiones de discordia. No se puede asimilar el Apocalipsis, ya que es como un manual de instrucciones de cómo entender e identificar al mal, y de cómo se nos aparece cuando lo miramos con los ojos de espíritu.

Cadmo luchando contra el dragón. Museo del Louvre, Comunes

El futuro no está trazado, por muy cuidadosa y despiadada que sea su planificación. Está sucediendo, está aquí, al igual que las Bestias y el Dragón en el libro de Juan de Patmos. Pero todo es parte de un drama milenario, un mito viviente, una encrucijada para la humanidad que está destinada a prevalecer en Espíritu y carne.

El “Great Reset”, la “Cuarta Revolución Industrial”, el “Dark Winter”, el “Great Again”, el sabor mediocre de “Build Back Better”, otro 666 de mercadillo… Todo ello es cristiano y nada más. No se podría expresar de otra manera. Sólo los cristianos, cualquiera que haya sido su elección espiritual y moral, pueden comprender lo que está sucediendo a nivel universal (o “cósmico”, que es el límite de nuestra visión posible de lo exitente). Este es el nivel adecuado para entenderlo (al Mal), y el único que tiene sentido ya que no puede uno enfrentarse al Mal absoluto con sólo los sueños y oraciones de la infancia. Hay que despojarle y arrebatarle lo que por derecho y naturaleza nos pertence. Ha comprado y prostituido el ingenio y el esfuerzo humano, y es hora de que lo devuelva.

El cristianismo era una religión del pueblo para el pueblo. Por eso prevaleció absolutamente por encima de otras prácticas y religiones, algunas de ellas profundamente espirituales como el mitraísmo, el zoroastrismo, y también algunos cultos mistéricos. No se trata del Espíritu, se trata de que el Espíritu nazca de la carne. Sobre el Espíritu siendo carne. Acerca del Espíritu “sentado” en la carne, por elección, no escondiéndose detrás de la letra del libro o del cuchillo de sacrificio. La humanidad es el humus de donde crece el Espíritu. Independientemente de donde sople o desee, depende del Espíritu y nunca puede ser decidido por los hombres. Y por eso la carne humana, la esencia del sentido y de nosotros mismos, es verdaderamente santa e intocable. Cualesquiera el reto y la abominación.

Rituales mitraicos – Museo del Louvre, http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/ , a través de Wikimedia Commons