El Héroe Desaparecido de Apocalipsis 12

"Lejos del Dragón” Ap .12.14 - Apocalipsis de Bamberg
“Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande" - Apocalipsis de Bamberg

Si el Libro del Apocalipsis no es una pieza trágica, es porque le falta el personaje principal. No importa cuánto nos esforcemos por convencernos de que el protagonista es la humanidad (al menos una parte seleccionada, los desvalidos, o como dice Juan aquellos que guardan y cumplen la letra de lo escrito), o quizás en términos más ortodoxos la iglesia o la comunidad cristiana, la notoria ausencia del mejor de nosotros es decididamente desconcertante, si no intolerable. Él, el ungido, Jesucristo, hace sin duda apariciones espectaculares como como las d el Hijo del Hombre de Apocalipsis 1.13, o el verbo o logos en un caballo blanco de Ap. 19.13. Pero sin embargo lo más característico de Jesús en el Nuevo Testamento, su amor por nosotros, está totalmente ausente en el relato de Juan. El sufrimiento sigue ahí, pero el Jesús que conocemos no está. Si Juan de Patrmos tuvo en mente a Jesús, quizás el que nos presentó el cuarto evangelista, puede haber sabido algo que sus antecesores no quisieron decirnos, o solo lo hicieron de pasada: una historia secreta de Jesús. Posiblemente una que tendría muy poco que ver con su vida personal, quizás el escándalo social de su supuesta vida sexual o de familia. Fuese o no fuese cierto, a quién le importa. Frente a la luz es fácil percibir las sombras, pero desde las sombras es casi imposible no apercibirse de la presencia y el calor de la luz.

La historia secreta de Jesús es la de la divinidad hecha humana, como ya se sabe, conocedora de todo bien y capaz de todo mal.

Satán – El Acusador (Ap. 12)

En ese reino, el reino simbólico de la luz, la figura de Cristo, como la de todo héroe humanizador y civilizador, proyecta algo parecido a una sombra: una sombra-de-luz, si se quiere. Ésta se compone de imágenes que reflejan el transfondo del alma humana, y que en ese paraje lumionoso del Libro del Apocalipsis adquieren proporciones desmesuradas. La historia sagrada de Jesús es la de la divinidad hecha humana; una humanidad como ya se sabe conocedora de todo bien y capaz de todo mal. Pero sobre todo conocedora del prometéico y mágico poder de la palabra: decir sí, y decir no, siguen siendo las armas más devastadoras que conoce la humanidad, y las más temidas y perseguidas también. La forma de Cristo en el reino de la luz, su historia “secreta”, es lo que que se relata en el Libro del Apocalipsis, que en ese sentido es una descripción de un Cristo reunificado con una divinidad que se nos aparece lejana, si no remota: apenas nos llega desde allí el amor y la ternura característicos de Cristo con la humanidad; quizás porque lo humano ya es divino, y ahora nos encontramos en presencia de una visión de la divinidad que transciende la iamgen bondadosa y misericordiosa que mostraba en su corto periplo entre Nazaret y Jerusalén. El amor y la ternura son regalos de la divinidad, esenciales para negociar la supervivencia de la raza humana.


Y luego está el tema de la “mujer vestida del sol”.

¿Por qué insertó Juan este episodio en medio de su obra? ¿Hay realmente alguna razón en particular, o simplemente estaba siguiendo algún modelo apocalíptico anterior (o, peor aún, citando algún mito pagano justo en el medio de su muy criticado relato de los últimos días)? El tono de Juan en el Libbro del Apocalipsis toma a veces un tono algo fanático (Ap. 2 y 3 son casi escandalosos en este sentido, y si todavía no está uno convencido siempre puede hechar un vistazo a quién está excluido de la luz celestial en Ap. 21 y 22, o , estudiar de cerca Ap. 18). Y, sin embargo, Apocalipsis 12 ofrece al lector una visión del otro mundo de una manera que es casi inusual en Juan, si no de pasada y, sin duda, nunca más retomada. Yo, por mi parte, esperaba que la conexión entre los capítulos 12 y 21-22 del libro fuera más obvia: habría esperado que la mujer, o el hijo de la mujer, se mencionara claramente al final de todas las cosas, que la mujer con alas de águila apareciese junto a una humanidad regenerada y resucitada. No es así. Y, sin embargo, Ap. 12 es posiblemente el capítulo más poderoso e impresionante de todo el libro.

“Una gran señal apareció en el cielo", Ap. 12.1 (Oratorio Apocalypsis Iesu - Juscheld)
“Una gran señal apareció en el cielo”, Ap. 12.1 (Oratorio Apocalypsis Iesu – Juscheld)

Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de
doce estrellas sobre su cabeza.

Apocalipsis, 12.1

La crítica feminista ha tenido dificultades para aceptar el relato de Juan sobre las figuras femeninas en el Libro del Apocalipsis. Y estoy de acuerdo con esa crítica en gran medida. Las mujeres se representan allí de manera muy (demasiado, quizás) categórica como virgen / madre / puta o bruja. Esperemos que algún día, pronto, no tengamos que referirnos a narrativas “feministas”, habiendo ya asimilado lo que muy claramente es un hecho universal: hombres y mujeres son complementarios y el predominio de uno u otro siempre será equivalente a una humanidad fuera de equilibrio. La historia, que siempre se puede leer de diferentes maneras, no debería ser una excusa para la venganza de genero o algo peor: dejar nuestra tarea sin cumplir, la de conciliar hechos del pasado y construir puentes para una comprensión futura más allá de la estructuración de la sociedad por arquetipos masculinos. Juan de Patmos, un personaje de lo más enigmático (y puede que no necesariamente “machista”), no había llegado ahí del todo.

Para algunos autores, la mujer en Ap. 12 es un símbolo más complejo de lo que podría parecer a primera vista. Elaine Pagels, en una interesante nota a pie de página, cuenta que desde muy pronto en la tradición “los cristianos a menudo han interpretado [a la mujer vestida con el sol …] como María, ya que se caracteriza por ser la madre del mesías o la iglesia. Otros, probablemente incluido el mismo Juan, inspirado por la imagen que el profeta Isaías ofrece en Isaías 26: 17–27: 1, aparentemente la consideraba la nación de Israel como potencialmente embarazada del mesías […] “. La mujer radiante como María al menos tiene la ventaja de introducir lo humano a través de la puerta trasera, por así decirlo. Los artistas en particular han elegido este enlace para agregar algunos de los colores propiamente humanos que quizás se hallen ausentes del Libro del Apocalipsis, como La Inmaculada Concepción de Velázquez.

Si en el Apocalipsis el Cordero representa el triunfo final de la víctima y el inocente, la Mujer vestida del Sol es una poderosa afirmación dentro del libro más polémico del cristianismo sobre el poder y la necesidad del ánima, del principio femenino.

Picturing the Apocalypse, Natasha O’Hear y Anthony O’Hear, OUP 2015 (mi traducción).

Continuando con Pagels, la autora hace incapié en que no necesitamos elegir una interpretación particular del símbolo (de la mujer en Ap. 12) en detrimento de las otras, y menciona el libro de John J. Collins La Imaginación Apocalíptica: una Introducción a la Matriz Judía del Cristianismo, en el que las “imágenes apocalípticas” se definen, o caracterizan, como “multivalentes”, es decir, capaz de sugerir más de un significado, y a menudo un conjunto de significados relacionados .

(Ver E. Pagels, Revelations: Visions, Prophecy, and Politics in the Book of Revelation, en concreto Cap. 1, n.
12; 2012 Viking Penguin, en su versión en ingles).

Es cierto que todavía existe la cuestión de si la narrativa es justa para las mujeres o no; m,e atrevo a decir, en voz baja, que no es necesariamente injusta. Machaut también era un hombre, posiblemente tan horriblemente
prejuiciado como todos los demás, pero a través de su música y poesía se propuso ir más allá de las barreras visibles y hacer lo inevitable: adorar la belleza en forma de mujer. Quién realmente podría culparlo por eso.

Inspiración y forma en el oratorio

Hablando musicalmente, un tratamiento superficialmente descriptivo o excesivamente dramatizado del Libro del Apocalipsis tendería a caricaturizar una obra que es en sí misma altamente irónica, por lo menos en lo que respecta al manejo de sus antihéroes (ver más adelante). En lo que concierne al oratorio Apocalypsis Iesu, escribir la partitura (ahora terminada) de Apocalipsis 12 me llevo mucho tiempo y una cuidadosa
consideración: no pensé, sencillamente, que yo fuese lo suficientemente maduro, espiritualmente (y quizás musicalmente tampoco), para sentarme y escribir sobre lo que es, sin duda, el relato más angustioso del libro, el más profundo y el más preñado, literalmente, de significado. No es que pudiese decir que lo soy ahora, quién podría realmente decir tal cosa. Pero algo cambió todo eso, algo que me hizo decidir allí y entonces que era hora de Apocalipsis 12: que algo era la música de .

Dejaré que el lector, o el experto, decida los detalles que se encuentren en la partitura, como qué pieza en particular realmente abrió “la puerta en el cielo” para esta música en particular. Ciertamente hay algo más que un préstamo frívolo de los materiales de Machaut, ya sea un hilo de una melodía, esas armonías abiertas que lo dejan a uno boquiabierto, las cadencia de felicidad y tristeza. Mucho más. Machaut trajo lo sublime a mi vida en un momento en el que el infierno se cernía a mi alrededor, arrastrándose y arrastrándome, invadiendo y destruyendo todo lo que quedaba de mi ser interior: la música de Machaut trajo una brisa continental y llovizna fertilizante a mi vida.

“Vestida del sol, con la luna bajo sus pies” – Apocalypsis Iesu Oratorio – Juscheld

La belleza pura de esta música de Machaut, este poeta, compositor, me dio el coraje de escribir una partitura que, en cualquier otra circunstancia, sería simplemente una osadía sobre lo que yo consideraba el núcleo de mi trabajo. La mujer vestida con el sol puede entenderse como la Virgen María o simplemente (“simplemente”, vaya palabra) un símbolo multifacético de lo femenino en nosotros, y alrededor de nosotros. Pero en cualquier caso nos recuerda lo humano en su faceta de bondad y caridad; y yo eso no me atrevería a trivializar.

Guillaume de Machaut, como se muestra en una miniatura francesa del siglo XIV, “Una escena alegórica en
la que la Naturaleza ofrece a Machaut tres de sus hijos: sentido, retórica y música”. (Commons)

Frye fue el primero en llamar mi atención sobre la estructura del Libro del Apocalipsis: tenía que ser alguien, y fue Frye. Leí bastante de su trabajo, incluido El Gran Código, que ya debería haberme puesto sobre la pista de la obra; Sólo que no había rastro que seguir entonces. Volví a leer ese libro, junto con Anatomía de la Crítica, al menos otras dos veces. Como el mismo Harold Bloom insinuó en la introducción de este último libro, Frye quizás me haya influenciado a mí también de una manera que posiblemente yo ya
no pueda reconocer. Su “anatomía” del Libro del Apocalipsis se encuentra al principio de mi borradore, y he recurrido a él por motivos estructurales en numerosas ocasiones, como probablemente lo siga haciendo en
el futuro.

“La mujer dio a luz un Hijo varón” Ap. 12 .5 – Apocalypsis Iesu oratorio – Juscheld

El Libro del Apocalipsis muestra, quizás involuntariamente, la incapacidad del hombre para ser bueno; o, como lo expresó , la” perversión de su [la humana] voluntad”: “confrontado con una situación
paradisíaca”, escribió: “el hombre sólo puede actuar como la serpiente y destruir lo que está allí”. Paradójicamente, una voluntad pervertida no es sino automatismo y mecanicismo, toda vez que el mal se haya hecho cargo de la situación, como lo hace, periódicamente, en todos los niveles de la experiencia humana. Las recompensas más altas prometidas e ilustradas en el libro son muy reales y representan un grado más alto de conciencia, pero el precio ha pagar es una respuesta brutal de nuestra naturaleza animal la
cual, según la fórmula de su propia imagen de Gen.1: 27, es a su vez compartida por la divinidad misma.

Volviendo a Juan de Patmos, no es imposible que él fuera el primero en ver a Jesús como el antihéroe modelo, repetidamente como un cordero en el libro, o simplemente y por alguna razón que no Juan no pudiese soportar la forma “demasiado humana” nietzscheana que aparece en los evangelios. En Ap. 12, inesperadamente, el modelo de héroe acaba de nacer, y esto es algo que, posiblemente más que cualquier otra cosa en los relatos repetitivos del Libro del Apocalipsis , rasga la narrativa y la deja hecha jirones.

Anunciación - Natividad. Apocalipsos de Bamberg (Wk. Commons).Anunciación – Natividad. Apocalipsos de Bamberg (Wk. Commons).
Anunciación – Natividad. Apocalipsos de Bamberg (Wk. Commons).

Este hecho, en mi opinión, explica gran parte de la visión impersonal y pétrea que Juan tiene de la deidad. Quiero decir, Juan estaba obviamente abrumado por la visión de una deidad iracunda que iba más allá del procedimiento de exterminio habitual del Antiguo Testamento, infligido regularmente a la porción de la humanidad, elegida de Dios, que tanto se lo merecía (Isaías 24 es mi ejemplo favorito: “la tierra también está contaminada por sus habitantes”). Los molinos de viento gigantes agitan sus aterradoras aspas rechazando la arremetida del buen juicio de Juan, lo levantan en el aire y lo arrojan desde alturas inconmensurables. La visión del dragón y la bestia son, probablemente, las personificaciones más terroríficas de la ira de Jehová de las que yo sepa: nada se acerca, de hecho, ni Behemoth o Leviathan. La mezcla de la maldad última en la naturaleza del hombre es el resultado inevitable, se puede decir, de las intimidades de la propia alma del hombre (ahora tan “cerca del fuego”) con lo divino, que lanza a la humanidad con una patada titánica hacia la modernidad: el genio ha salido de la botella y lo que el destino del Nuevo Testamento y sus partidarios nos muestra es que el avance visionario de la humanidad es un proceso irreversible y también terrible.

Tal vez la lucha interior de Juan de Patmos (un hombre versado en griego, posiblemente familiarizado con los clásicos, un hombre que podría haber leído a Aristófanes, un judío, y quizás un judío hereje o rebelde, hay algunos), fue el de un creyente al borde de la incredulidad: el Libro del Apocalipsis lo necesitaba, lo rompió y lo volvió loco de risa y locura. El Dios de Juan se yergue sobre un mar de duro jade; los ancianos son sólo eso, viejos y lejanos, el Cordero es inalcanzable, repetidamente, y todo esto no parece estar dirigido a la humanidad como tal, ya que no podemos hacer absolutamente nada, excepto esperar que nuestros nombres estén escritos en el libro de la vida (Ap. 21.27).

Solo una cosa puede reparar de alguna manera la brecha irreparable en la imagen de la divinidad, ahora dividida por un mar esmeralda: el poder curativo de lo femenino. Quién sabe, en una larga serie de interpretaciones e interpretaciones “multifacéticas” esta podría encajar igual de bien. Otra cuestión es si Juan era consciente de ello o no, y de ahí su prisa y el silencio embarazoso a partir de entonces.

Conclusión

Recordando ahora el título de esta entrada, está claro que el contenido musical del oratorio, en su detalle, puede ser revelador. Informa al oyente atento sobre lo que el autor considera el mensaje central del Libro del Apocalipsis: la “evitable” caída del hombre en contraste apocalíptico con la más usual e inevitable caída. En esta, nuestro primer padre (¿o fue acaso, como con José y María, un padre adoptivo…?) fue expulsado del paraíso por un Dios carnívoro (nuestro verdadero padre …?). Usando cierta dosis de licencia poética, podría concebirse que el dueño del señorío del Edén, pudiese haber tomado la forma de una serpiente para seducir a la legítima esposa de Adán (o, de hecho, recuperar a su amante). Sin duda, eso explicaría algunas cosas, tales como la actitud irracional y favoritista frente a las ofrendas de Caín y Abel; no creo que haya de eliminarse completamente la posibilidad de considerar a Yahvé (o su plural, Elohim) como menos engañoso que Zeus o Hermes.

Estas especulaciones, heréticas quizás, encajan con el carácter de la Biblia en su conjunto desde la perspectiva, la mía, musical, del Libro del Apocalipsis: un gran engaño, el del esfuerzo humano por un dios poderosamente demoníaco. Un dios que, junto con toda la llamada realidad física como el sol, el mar y las estrellas, se proyecta justo al final del Apocalipsis como otra fabricación de nuestros sentidos limitados y nuestro coraje limitado. Y esto también puede explicar por qué el Dios de Apocalipsis 4 y el de Apocalipsis 22 difieren tanto, uno como inamovible, el otro como luz pura, habiendo expulsado (como el primer cielo, la primera tierra y el mar) su propia sombra del mal. Tal vez no. Pero se puede leer de esa manera.